martes, 10 de enero de 2012

Atreviéndonos con todo




Llega la musa a los pies de su maestro, al que adora y ama en un secreto pregonado a voces por cada latido de su inspirado corazón. Llega a sus pies con deseos de darse toda, de demostrar que es algo más que una fuente de inspiración. Pero... el maestro la aguarda con el ceño fruncido, no ha sido todo lo buena que se esperaba fuese... ha tenido la osadía de profanar el santuario de su señor en su ausencia, para verle dormir plácidamente, algo imperdonable. Estar ante el Señor de la Oscuridad en su momento de mayor vulnerabilidad: su descanso.



La toma por las muñecas y la obliga a caer, tocando el suelo con sus labios, colocando un pie sobre su espalada para impedirle todo movimiento. A un chasquido de sus dedos su látigo aparece en su mano derecha y a cada vez que el instrumento corta el viento siseando, las prendas de la pequeña musa se rasgan, mas no su piel, que sigue quedando libre de peligro debido a la maestría de la mano del Príncipe de las Tinieblas.



Ya desnuda, unas cuerdas la aprisionan fuertemente y los dedos de su maestro y señor se enredan en sus cabellos, obligándola a incorporarse. Arrodillada ante él, observa el bulto en sus pantalones deseando que, sea cual sea el castigo, acabe con aquello en su interior. Soportaría cualquier tortura si a cambio su amo la poseía una vez más.



Él hace caer sus pantalones y acerca el rostro de su inocente musa a su erecto miembro, hasta que los labios de ella lo acarician suavemente. Ella entreabre su boca, para saborear aquello que se le ofrece y él, con un movimiento brusco, empuja su cabeza hasta que su miembro se apodera de toda la boca de la pequeña. Ambos se mueven, ella guiada por la mano de él. Quiere acariciar sus nalgas mas las cuerdas se lo impiden, quiere expresarle su amor con palabras pero no puede...



Sabe cómo castigarla, piensa con cierta amargura. Entonces, él se separa de ella, se arrodilla frente a ella y con una daga ceremonial del inframundo, la libera de sus ataduras y la abraza mientras sus bocas se juntan.



- Me es imposible ser cruel contigo y castigarte, mi Musa... - le susurra al oído mientras recorre su suave piel con la yema de sus dedos. - No vuelvas a profanar mi santuario mientras descanso y... si lo haces, despiértame para poder gozar de tu cuerpo y de todo tu ser. No lo olvides... me entregaste tu alma y tu corazón... nada ni nadie puede romper ese contrato.



Ella lo besó con pasión y, colocándose sobre él, disfruto de todo lo que el cuerpo de su maestro podía entregarle. Cabalgó sobre él, jadeando juntos, gimiendo al compás de los movimientos de sus sudorosos cuerpos y, finalmente, yacieron juntos en el suelo...



- Jamás he sido más feliz de firmar algo. Os pertenezco ahora y por siempre... toda... siempre vuestra...



saludos

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